Como buen amante de la sabiduría, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) formula más preguntas que respuestas. Interroga hasta cuando parece que ha dado una contestación acabada y cerrada. Ese discurso, con vocación docente incorporada, desafía a la prensa que el pasado martes lo acosó con un cuestionario cuyos imprecisos límites van desde la polémica que ha provocado la última visita de Mario Vargas Llosa hasta la inquietante crisis económica española.

La inmensa cantidad de consultas que recibe durante la mañana de cielo celeste y protagónico sol podrían sacar de las casillas al más paciente de los mortales. Savater, sin embargo, se expone a ese simbólico paredón de fusilamiento con resignación y alegría. Atiende por igual a Magdalena Ruiz Guiñazú, a Nelson Castro y a los ciudadanos anónimos que se le acercan para pedirle una opinión. A todos les cuenta sobre su cansancio respecto de los adultos y sobre el placer que encuentra en la conversación con los niños.

La confesión explica varias cosas. Por un lado, Historia de la Filosofía sin temor ni temblor (2009), el manual para chicos que Savater escribió a modo de cierre de su célebre periplo como divulgador filosófico, exploración pionera en los meandros del ensayo didáctico que incluye la redacción de las dos obras que lo catapultaron a la gran audiencia mundial: Ética para Amador (1991) y Política para Amador (1992). Por el otro, este viaje en autotomóvil a una escuela primaria del fustigado conurbano bonaerense.

"Un simple maestro"

Tres horas y media después de aterrizar en el Río de la Plata, Savater subió al coche del productor y escritor Eliseo Álvarez, autor intelectual y material de la visita del profesor vasco que se niega a definirse como filósofo ("el mundo está lleno de genios, yo sólo he querido ser un simple maestro", dirá más tarde). Dos mujeres los acompañaban en la escapada a la provincia: Soledad Gallego-Díaz, corresponsal del diario español El País, y la periodista de LA GACETA.

Pese al inexorable jet lag, el ganador del premio Planeta por la novela La hermandad de la buena suerte (2008) parece estar disfrutando del vértigo que le toca. Parece feliz de encontrarse en un país en el que no necesita decir quién es y en el que solamente hará las cosas que le gustan más: hablar con los chicos sobre filosofía, grabar El Buenos Aires de Borges (episodio de la serie audiovisual Ciudades con genio) y concurrir al Hipódromo de Palermo, a alimentar su irracional afición por las carreras de caballos.

El hipismo es su talón de Aquiles. Una fascinación que Savater y sus características gafas con montura naranja no llevan con medias tintas, pese a que nunca se animaron a probar suerte en los dominios del jockey. Lo suyo es contemplar el espectáculo ecuestre y apostar un poco ("lo suficiente para certificar mi pasión", acota). Hay pequeños caballos en la corbata celeste que anudó apresuradamente aquella madrugada, único detalle de color en el atuendo oscuro que ha elegido para reencontrarse con Buenos Aires. También hay un caballo en el fondo de pantalla del iPhone cuyo timbre lo interrumpe a cada rato (¡hasta una radio madrileña le propone salir al aire!).

La entrevista dura lo que el viaje sobre el asfalto : una hora y cuarto. En el trayecto, el paisaje cambia un millón de veces. La magnificencia de la Avenida 9 de Julio es reemplazada por la precariedad de los sufridos entornos periféricos. El negocio de la droga y sus correlatos de violencia, inseguridad y desintegración social rigen al mundo que comienza mas allá de la General Paz. Savater observa esas venas abiertas por la miseria en el camino a la Escuela 11, de Villa Ballester. En medio de ese embotellamiento literal y metafórico, el hombre que ha dedicado su vida a desacralizar la filosofía intenta comprender los problemas de la actualidad argentina.

"En este país se ve un populismo que perdona la corrupción", arriesga. Y a continuación pregunta: "¿Qué pasó? Para todo el mundo es un misterio por qué una comunidad que en teoría tiene las ventajas para desarrollarse no termina nunca de despegar".

- ¿Las aulas son la esperanza de la lucha contra la corrupción?

- La corrupción se ataja con instituciones que la penalicen. El problema es la impunidad: nada educa tanto a la gente como meterla en la cárcel cuando ha cometido un delito. Al niño o al joven se le pueden decir las cosas obvias: que la honradez beneficia al conjunto de la sociedad, que todos salimos perjudicados si no se puede confiar en las instituciones. Pero, si ven que los corruptos triunfan y que nadie hace nada en contra de ellos, terminarán aceptando ese camino.

- Muchos dicen que la corrupción es un mal inevitable.

- Que donde hay libertad haya gente que abuse de ella es inevitable: lo que no es evitable es que esos abusos queden impunes. O que se meta en la cárcel al pobrecillo que robó 10 euros y no al financiero que estafó a un millón de personas. Hacen falta instituciones que garanticen el castigo para los que transgreden la ley. La gente del norte de Europa no es mejor ni más buena que la de Argentina o la de España: la diferencia radica en que allí tienen instituciones muy severas que vigilan el sistema. No es cuestión de transformar la humanidad, sino de transformar los mecanismos que regulan la vida democrática del país.

- Es un salto difícil. Aquí, por momentos, parece una utopía.

- El misterio para todo el mundo es por qué un país que en teoría tiene las ventajas para desarrollarse no termina nunca de despegar. A comienzos del siglo XX cualquiera hubiese apostado más por Argentina que por Holanda. ¿Por qué a uno le fue bien y a otro le fue mal? Hay que preguntarse sobre eso. Yo creo que el populismo es la democracia de los ignorantes. Las promesas democráticas que las personas con un poco de preparación vemos con mayor o menor escepticismo, el populismo las convierte en bazofia cruda para alimentar la marginalidad. A más ignorancia, más populismo. Eso es lo que se está viendo aquí: un populismo que perdona la corrupción y que se convierte en una especie de bálsamo para el bandido generoso. Un beneficio para el tirano que es corrupto por un lado y ayuda por el otro. Hace años, en Colombia, había esa mirada cómplice para con Pablo Escobar, que dirigía el narcotráfico mientras fundaba hospitales. El populismo aparece por doquier. ¡Un país admirable y culto como Italia tiene a (Silvio) Berlusconi!

-¿En qué medida incide en este fenómeno populista el desencanto político de las clases medias?

- La gente que está desencantada de la política es la que no ha hecho nada nunca. Me pregunto qué hizo para fatigarse tanto el que sostiene el discurso del "estoy harto de?". Eso es mirar para otro lado y cansarse de eso. Hace unos años, fundé un partido político (Unión, Progreso y Democracia) con un grupo que no quería ni a los socialistas ni a los populares. Eso es lo propio de la democracia: buscar una alternativa dentro de la política porque la política no tiene alternativa dentro del sistema democrático. Esa cosa de no votar a nadie o de votar en blanco es una tontería que se le ocurrió a (José) Saramago, que en paz descanse.

- ¿El boicot a la votación no tiene ningún efecto?

- La consigna "No les votes" significa que otro votará por tí. Bobadas. Hay gente que sueña con el gratis total más allá de la red, que no quiere esforzarse por nada. Son los mismos que creen que es posible descargar libros y películas sin pagar porque ha venido Dios a verlos en forma de internet. Son los que dicen: "hay que arreglar las cosas, pero no cuente usted conmigo".

- ¿La sensación de que esos adultos no tienen arreglo es la fuerza que lo acerca a los niños?


- Me gustan los niños y las escuelas porque en ese ámbito las preguntas no están dirigidas a causar impresión. Los chicos preguntan porque quieren saber, no porque desean causar un efecto en los demás. Y preguntan tanto que no dejan dar la clase. En cambio, el problema que tenemos en la universidad es que nadie pregunta nunca nada. La verdadera pregunta es qué pasó entre el niño que preguntaba sin dejarte hablar y el joven que te deja hablar y no pregunta nada.

- ¿Actuó el sistema?

- Es el gran interrogante de la educación. Qué pasa entre el niño que no para de preguntar y el joven que no pregunta ni aunque le amenaces con una pistola. Según pasan los años, el ser humano se va haciendo esclavo. El niño pequeñito es libre todavía y quiere saber para él: nunca hace preguntas rentables. Pero poco a poco va adquiriendo la mentalidad funcional, de funcionario. La forma de pensar todo en función de la utilidad, como si todo tuviese que servir para algo. Esa es la mentalidad del esclavo.  "No serviré", dijo el diablo que se rebeló contra Dios. La primera rebelión es no servir para nada y punto. Es el comienzo de la filosofía.

- Pero pareciera que en la rutina moderna la gente espera el final del día para, justamente, dejar de pensar.

- Lo primero que necesita el filósofo es libertad. Lo advirtió Aristóteles: si una persona es esclava, no puede pensar. El cansancio es esclavizador. Si al final del día una persona no puede hacer más que procurar meterse la comida en la boca y tumbarse es que no tiene vida propia. Ha vivido para hacer cosas para los otros.

-¿Puede alguien ir por el mundo sin cuestionarse nunca nada?

-Todos podemos permanecer un tiempo sin hacernos preguntas. Es decir, apartados de la naturaleza del niño que se interroga constantemente, de la actitud infantil que disgustaba a los adversarios de Sócrates y que llevó a Platón a definir a la filosofía como "jugar en serio". Pues eso, podemos prescindir un tiempo del filósofo natural que hemos sido en la infancia. Pero tarde o temprano la vida nos interrogará a propósito de un error, una desgracia o un instante de desolación.